EL GRIFO
Los grifos son animales exóticos de la tradición oral antigua que se caracterizan por presentar una singular combinación de rasgos de ave y mamífero. Siempre se creyó por parte de historiadores, arqueólogos y zoólogos, que el grifo era simplemente una criatura simbólica que representaba la vigilancia, la avaricia o la fuerza, cuya misión era vigilar los lugares sagrados. En heráldica, el grifo representa lo fabuloso, algo imaginario. En el contexto religioso, la fusión de dos animales, el león y el águila, en la figura de este animal representa la doble naturaleza de Jesucristo: la humana y la divina, es decir, fuerza y sabiduría. Este fuerte carácter simbólico del grifo hace que sus representaciones en el terreno artístico sean muy abundantes: después de aparecer en numerosas pinturas y esculturas de los antiguos babilonios, asirios y persas, los romanos lo emplearon con propósitos decorativos en frisos, patas de mesa, altares y candelabros; llegó a ser un motivo tan popular que su imagen fue acuñada en las monedas antiguas. Con la llegada del cristianismo, este animal del mundo pagano fue incluido en los bestiarios de autores cristianos como San Basilio y San Ambrosio, y fue motivo decorativo de capiteles y frontales de las iglesias
2. LA LEYENDA DEL GRIFO
Una leyenda paleontológica recogida en 1848 en Siberia por un geólogo alemán parecía, a primera vista, revelar la identidad del antiguo grifo. Georg Adolph Erman (1806-1877) identificó la figura de esta criatura, que se consideraba irreal, con restos de rinoceronte y mamuts de la época glacial hallados en Siberia. Su teoría fue refutada años más tarde cuando el especialista en estudios clásicos J. D. P. Bolton (1962) demostró que esta identificación del grifo se había enfocado hacia fósiles equivocados en un lugar equivocado: los nativos del norte de los Urales también explotaban las arenas auríferas, pero el origen de la leyenda se encontraba según Bolton en Asia central; además, los mamuts y rinocerontes carecen de pico, el sello característico de los grifos. Recordemos que el término grifo (lat.clás. gryps, gryphis, gryphus) proviene del antiguo griego "grupov", que significa «ganchudo». No obstante, como veremos a continuación, la idea de Erman según la cual los grifos se basaban en observaciones de restos prehistóricos era acertada, así como el lugar de procedencia propuesto por Bolton. En la misma línea, Mayor manifestaba recientemente que los grifos «es el primer caso documentado de un intento de visualizar un animal prehistórico a partir de sus restos fósiles», atribuyendo el origen de esta leyenda a los mineros de oro escitas que atravesaban el desierto de Gobi en busca de este ansiado metal. La descripción típica del grifo, según se deriva de los textos clásicos, es la de un ave de cuatro patas, con pico de águila y garras de león, que probablemente no vuela sino que salta en el aire y escarba el suelo, y que vive en la soledad del desierto, donde protege ferozmente grandes cantidades de oro. Esta leyenda hace su aparición en Grecia en torno al 675 a.C. con el poema del aventurero y escritor griego Aristeas, titulado las Arimaspeas.
guerreros escitas
Aristeas, quien conoció a los escitas nómadas a los que aludía la doctora Mayor, hizo constar que los jinetes que buscaban oro luchaban contra los grifos, unos depredadores del tamaño de un león que poseían picos fuertes y curvados como los de las águilas. A lo largo de los mil años siguientes, florecieron las leyendas sobre el oro de los escitas y las feroces criaturas que lo protegían, y los grifos se convirtieron en un tema muy popular en el arte y el teatro del mundo clásico.Actualmente sabemos que, en la Antigüedad, Escitia fue una importante región productora de oro y que en excavaciones realizadas en tumbas saka-escitas por todo el sur de Rusia se han hallado espectaculares tesoros de este metal tan codiciado. El territorio de los escitas isedonios, a quienes Aristeas oyó hablar del grifo, es una región que hoy en día comprende partes del noroeste de Mongolia y China, del sur de Siberia y del sureste de Kazajstán. En esta zona desértica abundan los esqueletos de protoceratops, una especie de dinosaurio cornudo, originario de esta región de Asia central (Mongolia). El protoceratops es un herbívoro de aproximadamente dos metros de altura, cuyo pico a un observador inexperto podría parecerle el de un ave.
protoceratopsSus restos esparcidos a lo largo de la arena, incluso por la superficie, siendo sus huesos de color blanco y, por tanto, claramente visibles, unidos a los numerosos cadáveres de camellos, caballos y restos humanos de viajeros, eran prueba suficiente del enorme peligro que encerraba el desierto y de los monstruos que allí habitaban . Otro hecho que demuestra que el grifo es una leyenda paleontológica y no un ser imaginario es su falta de trasfondo mítico. El grifo no desempeñaba ningún papel en la mitología griega, no aparece asociado a ningún dios o héroe determinado ni a ningún episodio mítico concreto; tampoco tenía poderes sobrenaturales. Las informaciones de que disponemos acerca de este animal se han conservado en forma de creencias sobre su apariencia y costumbres. Su iconografía, por tanto, no sigue ninguna narración mitológica conocida. En los siglos que siguieron al relato de Aristeas, se habían hecho muy populares las representaciones en bronce de grifos, utilizados especialmente como decoración para las cráteras. El arqueólogo soviético Sergéi Rydenko halló en la década de 1940 una serie de objetos artísticos que representaban grifos en varias tumbas situadas cerca de Pazyryk, en los montes Altái, del siglo V a.C. Esto demuestra que aquellos nómadas conocían la tradición del grifo recogida dos siglos antes por Aristeas. Asimismo, el tema aparece representado con algunas variantes en las iconografías egipcia, hetita, etc. En cuanto a las fuentes literarias, a pesar de que jamás ningún comentarista afirmó haber visto a un grifo vivo, podemos hacernos una idea bastante exacta de los rasgos más sobresalientes del animal que apuntan a un pájaro cuadrúpedo de gran tamaño, original de los desiertos de Asia. Actualmente no se conserva el poema de Aristeas, pero su epopeya fue tan famosa en la Antigüedad que se pueden encontrar citas procedentes de ella en varias obras de autores clásicos. El primer escritor en emplear el material proporcionado por Aristeas fue Esquilo (c. 525 a.C.) en su obra Prometeo encadenado (460 a.C.). Esquilo nos avisa del peligro que suponen los grifos, comparándolos con perros de caza de picos puntiagudos , una descripción muy similar a la del águila que devoraba las entrañas dePrometeo, a la que llama «perro alado de Zeus, águila sanguinaria» . La segunda referencia la encontramos un siglo más tarde en Heródoto de Halicarnaso (484 a.C.), historiador griego e incansable viajero de la Antigüedad, considerado por los estudiosos como el primer antropólogo. Heródoto sitúa la leyenda en Europa, cerca del país de los arimaspos , entendiendo por Europa también el norte de Asia, donde nos confirma que abunda el oro custodiado por estos seres fabulosos . La tercera referencia nos la proporciona Focio (ca. 820), en su obra Biblioteca, quien, siguiendo el testimonio del historiador griego Ctesias, nos habla de una raza de pájaros de cuatro patas, casi tan grandes como los lobos, con patas y garras como las de los leones, pero con un curioso plumaje de color negro y rojo. Posteriormente, Pomponio Mela (ca. 43) en su Corographia, una descripción del orbe antiguo conocido con interesantes datos etnográficos y mitológicos, se limita a reproducir la leyenda escita de los grifos, «cruel y obstinada raza desalvajes», como él los denomina, resaltando ampliamente su carácter violento como guardianes del oro , sin añadir ningún nuevo dato sobre su constitución física. En la misma época, Plinio el Viejo (ca. 23), autor fundamental en la historia de la zoología occidental, basándose en los testimonios anteriores, especialmente en Heródoto y Aristeas, añade en su Historia Natural (c. 77 d.C.) nuevos datos acerca de la anatomía de estos animales, al referirse a las peculiares «orejas» y «alas» que los caracterizan, y describiendo sus nidos y su costumbre de construirlos escarbando en la arena. En el siglo II d.C., Pausanias (110-180 d.C.) nos ofrece interesantes datos sobre descubrimientos e interpretaciones paleontológicas realizadas en Asia Menor, su patria natal. Su Descripción de Grecia aporta un material muy valioso en campos tan actuales como la arqueología o la antropología, habiendo servido de guía a varios trabajos arqueológicos . Basándose en el poema de Aristeas y en sus propias obser vaciones, corrobora que estos animales se parecían a los leones, pero con el pico y las alas de las águilas y que, en los desiertos de Asia, el oro aparece cerca de la superficie de la tierra o incluso sobre ella . Años después, Apolonio de Tiana (ca. 96-98) y su biógrafo Filóstrato (ca. 200-230) son, asimismo, un ejemplo importante de la existencia de la paleontología antigua, pues abordaron diversas cuestiones de la historia natural de la Antigüedad, entre ellas la aparición de los grifos. De su testimonio se deduce que estos animales eran de gran tamaño y estaban dotados de una poderosa fuerza física, lo suficientemente extraordinaria como para vencer a cualquier animal, excepto a los tigres, cuya velocidad los igualaba a los vientos. Al igual que Plinio, Apolonio rechazaba la idea de quelos grifos pertenecieran a la especie delas aves, pues, aunque poseían unas membranas palmeadas que les ayudaban a planear o dar pequeños saltos, no podían volar al no tener verdaderas alas de pájaro. No obstante, Apolonio reconoce como rasgo de las aves el útil pico de los grifos, con el que recogían el oro que sobresalía de la tierra. Por último, añade un dato sobre la veneración de la que eran objeto estos animales en la India. Finalmente, la narración más completa sobre estas bestias legendarias la encontramos a principios del siglo III d.C. en Eliano (ca. 170-230 d.C.), autor de la Historia de los animales. Su descripción del grifo como un animal cuadrúpedo, de fiero carácter, provisto de pico, poderosas garras y alas blancas, con plumas de varios colores en el cuerpo, corresponde a las imágenes que los artistas pintan o esculpen, lo que, en cierto modo, confiere realismo a sus palabras . Eliano, al igual que Apolonio, sitúa la leyenda en la India y, basándose en el testimonio de Ctesias y en los autolres anteriores, se muestra convencido de la existencia de estos seres fabulosos que posteriormente se convirtieron en objeto predilecto de la fantasía literaria y popular. Una serie de datos sobre su comportamiento y un intento de racionalizar el mito hacen de su obra un singular testimonio . Eliano fue el último autor clásico que recogió nuevos datos sobre la existencia del grifo
3. CONSIDERACIONES FINALES Sin lugar a dudas, las abundantes listas de hallazgos de grandes fósiles que contiene la literatura clásica, no solo referentes al grifo, sino, en general, a cualquier especie animal del pasado, son una prueba de la existencia de una ciencia popular acerca de la historia de la tierra . El primer paso para conocer la clase de restos fósiles que inspiraron esta leyenda sería la localización de los yacimientos de oro que explotaban los mineros de Asia central. Los desiertos que rodean los montes Altái y sus laderas han sido los campos auríferos más ricos de la región, como prueba, por ejemplo, el descubrimiento que hicieron los arqueólogos rusos en estas montañas de más de cien minas de oro que habían sido explotadas aproximadamente desde 1500 a.C. Exactamente como afirmaron Heródoto, Plinio, Pausanias y Eliano, allí el oro aparece en partículas sobre la superficie del desierto, y Ctesias estaba en lo cierto respecto a su origen montañoso, pues, a causa de la erosión, el oro de los macizos se desplaza continuamente hacia las cuencas de grava situadas más abajo. Sabemos por el testimonio de Teofrasto (siglo IV a.C.) que los jinetes nómadas exploraban los desiertos después de que los fuertes vientos desplazaran las dunas y dejaran al descubierto los minerales (De lapidibus, 6.35), y Plinio explicaba también que, tras las tormentas violentas, los habitantes del desierto salían a toda prisa para recoger las piedras preciosas que destellaban en las dunas o que habían quedado atrapadas entre las rocas . Asimismo, los nidos también podían haber actuado como una criba que retuvo las partículas doradas, lo que podría haber suscitado fácilmente la idea antigua de que los grifos habían recogido el oro. A finales del siglo XIX el estadounidense Roy Chapman Andrews encabezó una expedición, patrocinada por el Museo Norteamericano de Historia Natural, en busca de restos prehistóricos en el desierto de Gobi, una zona entre China y la Unión Soviética prácticamente inexplorada hasta entonces. A unos cincuenta kilómetros de los montes Altái hallaron numerosos esqueletos de Protoceratops, habitantes de la región durante el período Cretácico (c. 100-65 millones de años atrás). A Chapman se debe el hallazgo de numerosos cráneos, huesos, esqueletos completos y los primeros nidos con huevos de dinosaurio, algunos con embriones en el interior, descubriéndose así que los dinosaurios eran ovíparos . Estos esqueletos pertenecían a dinosaurios que combinaban rasgos propios de las aves y los mamíferos. «El cuerpo de Protoceratops» —apunta la doctora Mayor — «que tiene la cara larga, estrecha y angulosa, tiene unos dos metros de longitud, más o menos el tamaño de un león, y dispone de cuatro extremidades, pero su cabeza presenta un pico de extraño aspecto, amplias cuencas oculares y una pequeña corona ósea en la parte posterior del cráneo». Se supone que pastaba con la cabeza baja y usaba el pico para arrancar el follaje rastrero; carecía de cuernos, presentando en su lugar unos pequeños bultos óseos situados por encima de los ojos y la nariz.
Aunque recientemente se ha llegado a la conclusión de que estos restos pertenecían a los terópodos, en realidad, la descripción que Ctesias hizo en 400 a.C. no iba tan desencaminada: verdaderamente se trata de una raza de pájaros de cuatro patas. La ciencia aún no conocía la existencia de los dinosaurios en aquella época y lógicamente los habitantes de la región atribuyeron aquéllas huellas a «aves gigantes». Recordemos, además, que de los relatos de Heródoto se desprende que en la Antigüedad eran bien conocidas otras aves incapaces de volar que vivían en el suelo (Heródoto, 8.250-260). Ya Aristóteles, gran filósofo y naturalista griego, cuya clasificación de las especies sirvió de base a los principios de la zoología, había señalado en su Anatomía de los animales la peculiar combinación que presentaba el avestruz de rasgos de ave y de un gran mamífero, observando que, a pesar de tener alas, no podía volar . Así pues, las alas que les proporcionaron a los grifos los autores posteriores y los artistas son del mismo tipo convencional que las de otras criaturas mitológicas. Otro punto de controversia sobre su anatomía era si los grifos tenían plumas, pelo o piel. Resumiendo los testimonios que hemos visto hasta ahora, el historiador griego Ctesias afirmaba que aquellos pájaros de cuatro patas tenían plumas negras y rojas, Pausanias rechazaba con desdén la creencia popular de su tiempo según la cual los grifos no tenían plumas, sino que eran peludos y con manchas, y Eliano refirió las diferencias de opinión existentes acerca del color del plumaje. Como escribe Mayor, «los escultores y pintores reflejaron esa antigua incertidumbre y emplearon la imaginación para representar los cuellos de los grifos cubiertos de plumas, escamas o de una piel correosa ondulada o con pliegues...». Un tercer punto sería la asociación del grifo con grandes cantidades de oro. Ya hemos apuntado quela aridez del desierto facilitaba la localización defósiles,espescialmente los de color blanco que aparecían semienterrados en las arenas rojizas; en ellas abundaban esqueletos completamente articulados de protoceratópsidos, de un tamaño similar al de los lobos o leones, al igual que ellos dotados de cuatro patas, pero con un pico de ave, muy parecido al de las águilas, y una especie de alas, cuyo reducido tamaño hacía evidente su incapacidad para volar. En estas condiciones, la anatomía de estos animales del pasado, con su peculiar combinación de ave y mamífero, resultaba bastante obvia, incluso para un simple viajero. Recordemos que los antiguos, como buenos observadores, conocían perfectamente el comportamiento de las aves y mamíferos, además de conocer al detalle la anatomía humana y animal, ya que sus principales actividades, tales como la caza, el pastoreo, el despedazamiento de animales para los sacrificios, etc., los familiarizaban con los esqueletos. La proximidad entre los yacimientos de fósiles y los yacimientos de oro condujo a la noción de que vigilaban los intentos de aproximarse a dicho metal. Recordemos, asimismo, que el hábito de las aves de recolectar objetos brillantes, como el oro, para su nido, era bien conocido por los antiguos observadores de las aves, como Plinio, que explicó que se podían encontrar piedras preciosas en los nidos de los pájaros. En cuanto a las costumbres de estos animales, los artistas antiguos representaban a los grifos defendiendo a sus crías, una práctica que también había descrito Eliano. Su modo de vida en grupo se deduce del hecho de que hayan aparecido esqueletos de especímenes adultos junto a restos de otros más jóvenes y huevos fosilizados con pequeñas crías, algunas, incluso, saliendo del cascarón, lo que hace pensar que estas criaturas cuidaban de sus hijos y vivían en manadas. Para concluir, podemos decir que la lectura de estos textos revela, a primera vista, la riqueza del conocimiento cultural oculto, a menudo, en la literatura popular de la Antigüedad. Los griegos y romanos identificaron los grandes restos prehistóricos como vestigios de criaturas del pasado que eran distintas y mucho mayores que las criaturas de su tiempo, y que habían sido destruidas por alguna catástrofe hacía mucho. Fue su interés por los fenómenos naturales lo que hace que los autores clásicos sean tan valiosos para la recuperación de las leyendas paleontológicas. En cuanto al grifo, es el ejemplo más antiguo que se conoce de un monstruo legendario cuya huella se puede rastrear hasta los restos de dinosaurios. Como concluye Mayor, «aquella imagen de los últimos dinosaurios que recorrieron la tierra la desarrollaron hace casi 3.000 años unos nómadas que no tenían ningún conocimiento delas imponentes fuerzas geológicas y los vastos períodos temporales que habían participado en el proceso, ni poseían conceptos formales de evolución o extinción... Así,... la reconstrucción del grifo por parte de los nómadas saka y los grecorromanos alfabetizados que informaron sobre ellos se aproximó enormemente al conocimiento más actualizado de que hoy disponemos sobre los protoceratópsidos» . Respecto a la naturaleza de las fuentes clásicas, tenemos a autores «científicos», como Aristóteles o Teofrasto, biógrafos, como Filóstrato o Focio, historiadores y geógrafos como Heródoto, Pausanias o Pomponio Mela, naturalistas como Eliano y compiladores como Plinio el Viejo. Todos estos testimonios cumplen las condiciones necesarias para probar la existencia de una «ciencia» paleontológica en la Antigüedad




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